Si hay algo en lo que creo fervientemente es en la existencia de los ángeles. Desde muy pequeña he tenido experiencias que me corroboran su presencia tan real como la vida misma.
Podría enumerar muchos datos y anécdotas, pero eso ya iré desglosándolo poco a poco que la verdad es que se puede llenar un libro de buenas historias sobre ángeles.
Lo que hoy quiero comentar es algo muy sencillo y muy bonito que me inculcó una anciana encantadora allegada a mi familia, que tuve la gran suerte de conocer en mis primeros años de vida.
Ella siempre cerraba las puertas con suavidad y sin prisas...y muchas veces incluso dejaba las puertas interiores de la casa entreabiertas.Un día mi curiosidad infantil me impulsó a preguntar el porqué de esa costumbre. A lo que me contestó sin titubear:
- Es para dejar pasar a los ángeles....
Y desde entonces procuro tener siempre presente que un ángel viene conmigo y hay que dejarlo pasar, o que alguno quizás quiera simplemente entrar a mi casa.
Sé que los ángeles son energías incorpóreas, que las paredes, puertas, ni ventanas son obstáculos para estar en nuestras vidas, pero esta costumbre aparte de hacerme más serena en mis costumbres, me hace sentir y creer en su maravillosa compañía. Y cuánto más presente tengamos este principio, más felices seremos, porque ellos están para contribuir a ello, hasta más allá de las puertas de la vida.

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